El sueño de la consecución de medallas en unos Juegos Olímpicos es una pesadilla cuando se mezclan política y realidad. Los balances de la actuación el equipo español en Río 2016 son estrepitósamente opuestos, del drama a la calificación de sobresaliente, con ‘dieces’ para algunos y el castigo del olvido para los que no llegaron. Lo cierto es que si se mira a la dictadura del medallero, son los segundos mejores Juegos de España. En este contexto, llama poderosamente la atención la disputa por ver quién llora o ensombrece más el futuro aventurando las carencias del deporte de cara a Tokio 2020. Se derraman lágrimas sobre lo obsoleto e insuficiente de un programa ADO. Ya no vale. La alarma todavía es más aguda cuando se pone en solfa que RTVE ya no va a estar en esta iniciativa, con el consecuente vacío mediático de toda la propuesta y la espantada de terceros que no ven ROI en el ‘bisnes’.

El sistema de ayudas a deportistas de alto nivel ha evolucionado con un método práctico en el que en función de los resultados se obtiene más o menos cuantía de subvención. Escribe Pablo d’Ors que “en cuanto comenzamos a juzgar los resultados, la magia de la vida se disipa y nos desplomamos; y ello con independencia de lo alto o bajo que haya sido nuestro vuelo”. El vuelo de muchos deportistas es un constante sufrimiento que conlleva graves renuncias vitales en edades tempranas. ¿Compensa esta lucha antinatura? No es fácil saberlo, el propio D’Ors reconoce que le ha costado cuatro décadas “comprender que el hombre empieza a vivir en la medida en que deja de soñar consigo mismo”.

Pero, de nuevo, se empieza la casa por el tejado. Ayudas, subvenciones, ayudas, subvenciones. El modelo que sirvió para preparar Barcelona 92 y se replicó en las olimpiadas posteriores tiene que ser analizado en su conjunto. Para llegar a Río muchos deportistas han tenido que tirar de los fondos de las tres efes (family, friends and fools). Vamos, como los quijotescos emprendedores españoles. No son más héroes que ellos. Vamos, que no hay novedad en el frente. Esto demuestra que no hay una visión estratégica del deporte de competición como una actividad que ayuda en el progreso económico, moral y social de un territorio. Se fomenta una cultura personalista del deporte, en la que el esfuerzo individual es el único medio para traspasar los límites, una tarea supuestamente obligatoria para cruzar la innecesaria antesala previa a la victoria. ¿Los límites? ¿Qué son los límites? ¿Para qué sirven? Los límites son como el hechizo de las ‘hermanas fatídicas’, las brujas de Macbeth, un conjuro de éxito que olvida contar la tragedia y la locura desatadas para conseguir el propósito.

En realidad, los límites que hay que traspasar están en la visión carpetovetónica del deporte como una actividad circunscrita exclusivamente al esfuerzo físico y al éxito instantáneo. Lo más urgente no es el sistema de ayudas, lo más importante es construir el deporte en España, hacer un plan estratégico que llegue a los colegios y madure en la universidad. Porque la universidad es la clave para que el deporte cambie en España. Desde hace más de un siglo, Estados Unidos cree en el deporte como un activo de desarrollo en la educación de sus jóvenes. El sistema universitario forma a la persona a la vez que le impulsa en el deporte. Mientras en Estados Unidos el talento deportivo está en las universidades y cuenta con todo el apoyo que necesita, en España la apuesta individual por el deporte profesional es una opción de riesgo que, con la excepción del fútbol, puede llegar a hipotecar el futuro del ‘quijote’ que la inicia. Las ‘mireias’, las ‘carolinas’ o los ‘colomas’ no son el fruto de sofisticados programas, son la excepción.

No es momento de pensar en Tokio, es momento de diseñar una universidad que integre el deporte como un valor necesario en la formación superior. Las federaciones tienen que trabajar con las universidades y viceversa, y la empresa privada tiene que respaldar este modelo. Solo un detalle (demoledor): los Presupuestos Generales de este año han destinado al deporte universitario 200.000 euros, sí 200.000 euros, para todo 2016. En Estados Unidos, 105 entrenadores universitarios tenían una nómina superior al millón de dolares en 2014. Es decir, el sueldo de solo uno de estos cien entrenadores cuadruplica la aportación del Estado español al deporte universitario.

El actual sistema de ayudas y subvenciones ha creado una realidad marginal que singulariza y hasta estigmatiza al deportista, cuando su empresa debería ser un proyecto común, orgullo de territorio y ejemplo de progreso. Es momento, con la nueva legislatura, de elevar el trabajo que se está haciendo a un nuevo nivel. Y ese nuevo nivel está en la universidad. Mientras tanto, parafraseando a Unamuno, ¡que hagan deporte ellos!