El escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte defiende que no hay por qué empecinarse
en buscar una solución a la crisis.

Para él no hay mejor remedio que dejar pasar una generación para que todo cambie, siempre y cuando los jóvenes de esa generación tengan el conocimiento necesario para no repetir lo que hicieron sus progenitores. El pensamiento del periodista cartagenero encaja con el panorama que encaran los deportistas que aspiran a que su talento les haga competir en la elite. Si Barcelona 92 y el Plan ADO supusieron todo un espaldarazo para los atletas de disciplinas cuya existencia era incluso desconocida, la crisis y su posterior resaca han puesto en riesgo la carrera de muchos deportistas que son auténticos ‘quijotes’ en deportes minoritarios.

Apenas hay fondos y las normas que deberían regular y mimar el mecenazgo deportivo se hacen esperar. El resultado es un futuro incierto para ellos, para el deporte español y, está claro, para la Marca España. Pero hay un problema de enfoque. Se mira al vértice de la pirámide sin pensar en que los cimientos tienen aluminosis. No es descabellado pensar que vuelven aquellos tiempos en los que había un Santana, un Ballesteros o un Nieto. Excepciones dentro del sistema. Mientras tanto, otros nos llevan más de un siglo de ventaja.

Pérez-Reverte hace hincapié en poner en valor el conocimiento adquirido. Precisamente eso, un modelo deportivo basado en el conocimiento, es lo que se trabaja en las universidades norteamericanas desde hace más de cien años: se ha integrado el deporte como parte de la educación, mientras en España, en muchos casos, se sigue considerando como un servicio o complemento al modelo educativo. Este pensamiento ha calado en las universidades españolas, que no apuestan decididamente por el deporte. En Estados Unidos es impensable esta actitud. Los campus se han convertido en la mayor cantera para todo tipo de deportes. No son fábricas de deportistas, son ‘talleres’ en los que se trabaja y modela al deportista en una edad que supone un punto de inflexión en su carrera deportiva. No hay educación sin deporte y no hay deporte sin educación. Así, el deporte universitario en Estados Unidos se han convertido en la mejor cantera para el profesionalismo tanto en deportes masivos como en minoritarios. Pero no solo es eso. Es toda una industria, con sus ventajas y desventajas. Un modelo multimillonario auspiciado por la empresa privada que forma a miles de estudiantes, pero que quizá no distribuye su riqueza como todos quisieran, como se puede comprobar en el Dossier elaborado por METADEPORTE en este número. No se trata de mimetizar lo que ocurre en la otra orilla del Atlántico, solo de poner el debate encima de la mesa. Mientras tanto seguiremos buscando argumentos peregrinos para justificar la escasa cosecha en medallas. La respuesta está en la educación.