Por Eloy Madorrán, periodista de Diario La Rioja 

El balonmano se muere. El balonmano está más vivo que nunca. Dos sentencias que trataré de explicar para adivinar hacia dónde camina este bendito deporte, y lo más importante, descubrir si en ese deambular está acompañado de una brújula o si funciona solo por instinto.

El balonmano se muere. La liga Asobal encadena una temporada con otra en una inercia mortecina, gris. Herida en la línea de flotación con la desaparición del Atlético de Madrid este verano, la máxima competición del balonmano español se ha convertido en una guerra de guerrillas dominada por el FC Barcelona. El resto de clubes trata de sobrevivir haciendo equilibrios con el presupuesto, las plantillas y los socios. La realidad es que el balonmano en nuestro país ha dado un paso atrás y se ha convertido en un deporte semiprofesional.

En las últimas temporadas, ligado a la situación económica española, son numerosos los casos de clubes que han desaparecido (San Antonio en Pamplona, Teka en Santander o Atlético de Madrid antes Ciudad Real) o han tenido que vender a todos sus jugadores franquicia para poder afrontar los números rojos (Ademar León o BM Valladolid).

A este sombrío panorama hay que sumar el progresivo apagón mediático que sufre la liga Asobal, lastrada por un calendario leonino en el que prevalecen los intereses de la competición europea, y las dificultades del público para seguir el día a día de la liga. El aficionado medio necesita una guía semanal para saber cuándo juega su equipo, si martes, miércoles, sábado o domingo. Esto resta presencia de público en los pabellones ya que los partidos más importantes para los clubes modestos, los que disputan contra los rivales que juegan en Europa, se programan siempre entre semana.

Y cada vez es más complicado ver partidos de balonmano en televisión. Vivimos en la cultura de la imagen. Lo que no se ve, no existe. La oferta televisiva cada vez es más extensa, en más canales distintos y con más deportes que nunca. Y ahí el balonmano naufraga. No me atrevo a señalar quién tiene más porcentaje de culpa pero, salvo los partidos de la Liga de Campeones, es casi imposible ver en televisión partidos de la liga Asobal.

El balonmano está más vivo que nunca. Y así las cosas, en el mes de enero de este año España organiza el Mundial en la ciudad de Barcelona y se proclama ¡campeona! Éxtasis, júbilo, celebración, portadas en prensa y minutos en radio y televisión. ¿Y? La tozuda realidad se encargó semanas después de recordarnos que solo fue un espejismo. A día de hoy se puede afirmar sin lugar a equivocarse que el balonmano nacional no ha sabido aprovechar el tirón de la victoria mundialista para ‘vender’ mejor su producto. Mejor oportunidad imposible.

La consecuencia deportiva es que, de momento, nos hemos convertido en una selección ‘balcanizada’ al estilo de Croacia, Montenegro o Macedonia que cosechan grandes resultados en competiciones internacionales pero que la mayoría de sus jugadores militan en equipos extranjeros. Un ejemplo: en la última convocatoria del seleccionador Manolo Cadenas, de 18 jugadores que forman la lista sólo cinco militan en Asobal, y los cinco en el Barcelona.

Pero en cada crisis hay una oportunidad. Y en este caso la oportunidad ha surgido para el jugador nacional. La fuga de cerebros que ha experimentado Asobal ha permitido que todos los integrantes de la selección junior (oro en el Europeo’12 y plata en el Mundial’13) estén jugando muchos minutos en equipos españoles, algo complicado antes de la burbuja cuando las plantillas de Asobal estaban plagadas de extranjeros. Además, a excepción del Barcelona, la igualdad entre el resto de conjuntos está permitiendo que todas las jornadas ligueras se produzcan sorpresas, resultados ajustados y partidos vibrantes. Es decir, la liga ha ganado en emoción.

Así, con el futuro –presente ya- deportivo del balonmano español muy bien encauzado, es el momento de encontrar buenos cocineros capaces de preparar apetitosas comandas con la gran materia prima que tenemos.

La Bundesliga alemana es el ejemplo a seguir. Ya no sirve que cada club oferte el partido de balonmano que juega en casa cada dos semanas. Ahora hay que fidelizar al aficionado. Todos los días tienen que poder obtener información de su equipo a través de las nuevas tecnologías, disfrutar de actividades en el pabellón donde juega su equipo horas antes de que empiece el choque…, en definitiva se trata de tener fans del club, no solo socios.

Una vez me dijo un entrenador que cuando arreciaran las adversidades en el campo de juego lo más inteligente era volver a los principios, a la esencia del equipo. Así que a eso apelo, al ADN de nuestro deporte, para ganar el futuro: colectivo, solidaridad, compromiso, trabajo y lealtad.